lunes, 17 de julio de 2017

El Reggaetón y su legado









Voy a hablar del Reggaetón. Evitaré emitir opiniones personales.  Tampoco caeré en el error de hacer comparaciones fáciles. Me remitiré, en lo posible, a los hechos. Les advierto que los videos que hay en este post pueden impactar a personas sensibles. El primero que veremos abajo, muestra algo que ocurrió en una escuela de Cuba. Es un video que causó mucha indignación en la red. La proliferación de situaciones como esta parece que desembocó en la prohibición del Reggaetón en la isla. 











Distinguir cuáles son las raíces musicales y geográficas del reggaetón  no es  tan simple como podría parecer. Tampoco es fácil  definir el reggaetón en sí y diferenciarlo de otros géneros relacionados. Antes de que el reggaetón apareciera como tal,  se hablaba de reggae, o reggae en español. Este último se originó en el Panamá de los años ’80 e inicios de los ’90. Allí los DJs pinchaban las caras B de los discos de reggae jamaicano, en las cuales se encuentra la versión instrumental del tema que ocupa la cara A;   poniendolas a 45 revoluciones, en lugar de a 33  para darles mas velocidad, se utilizaban como base para  cantar  reggae en español. Nace así un primer antecedente del reggaetón. 

El Dem Bow, el underground  y la  Melaza de Puerto Rico también  fueron estilos precursores del reggaetón.  Otros géneros, especialmente el hip-hop y algunos ritmos latinos acabaron por fusionarse para dar lugar a este hibrido musical.









El género que hoy conocemos como reggaetón es producto de múltiples factores que no se circunscriben a determinadas fronteras geográficas, nacionales o lingüísticas, ni tampoco a identidades étnicas concretas. 

Sin embargo, la historia del reggaetón no suele ser explicada en toda su complejidad. Muchas versiones de dicha historia tienden a fijar un único punto de origen y se mueven solamente en una dirección. Por ejemplo, según varios artistas entrevistados en The Chosen Few: El Documental (2004), el reggaetón se originó en Panamá, luego fue adoptado, transformado y popularizado en Puerto Rico y de allí fouue exportado a otros países latinoamericanos, a los EE UU, y al resto del mundo.

El universo del reggaetón gravita en torno a la figura  del macho alfa en su expresión más retrógrada y violenta, pero con una apariencia juvenil, e incluso rebelde ( esta última, como veremos, es sólo eso: apariencia). Milenios de civilización y de cultura quedan barridos de un plumazo con el regreso triunfal del primate y sus dos preocupaciones basicas: el territorio y el apareamiento.

Algunos objetarán que en realidad siempre ha sido así, que la humanidad nunca  ha dejado de regirse por esos dos impulsos primarios, y en eso estoy muy de acuerdo: el ser humano, en su fuero interno, no ha cambiado fundamentalmente desde que vivía en las cavernas. Pero, por escasas que puedan ser, la sensibilidad y la empatía que ha desarrolado en los últimos milenios, le han servido al menos para no caer en la barbarie más absoluta.


Los ídolos creados por la industria del reggaetón, sustituyen en muchos casos a la escuela como entidad educativa, crean o reproducen estereotipos, roles sociales, y modelos dirigidos a los más jovenes,  que coinciden con el perfil del triunfador de los barrios más marginales: el  narcotraficante, el matón, el proxeneta. Se adopta una estética mafiosa, se exaltan las  bondades de la vida fácil, y se establece una relación directa entre la felicidad y  un costoso tren de vida: lujo, coches caros, joyas y mujeres convertidas  en meras esclavas sexuales y exhibidas como trofeos, todo ello repetido hasta  la saciedad con el único fin de dejar bien claro hasta donde llega su poder adquisitivo.








Llegados a este punto, sería lógico preguntarse a qué se debe tanto afán de ostentación (entre otras cosas, de la mujer como propiedad privada) y tanta admiración por la figura del macho dominante en su versión de gangster o de mafioso "barriobajero".

Pienso que en ambas cuestiones son determinantes tanto el entorno de profundo subdesarrollo y vacío cultural en el que crecen muchos jovenes de America Latina y de otras partes del globo, como la incitación permanente al consumismo más desenfrenado a la que estos se ven sometidos por los medios de comunicación, y en modo especial, por el cine norteamericano.

Un joven que crece en una situación de marginalidad y pobreza, con unos padres que no le pueden ofrecer unos estudios, pronto descubrirá que jamás podrá vivir en la opulencia en la que viven los protagonistas de las películas que ve en la tele a menos que no se dedique a delinquir.
Entonces su modelo pasará a ser el del villano, el malhechor que logra enriquecerse rapidamente a costa de traficar, robar y matar: el gangster o el sicario, por ejemplo.
Y su obsesión será la de vivir una vida llena de derroches y excesos, y la de poderlo comprar todo. 
Claro que habrá muchas otras  razones por las que un muchacho se incline a una vida delictiva, pero esta es tal vez la más común.

Existe claramente un imperialismo cultural por parte de EEUU con respecto a los países del resto del planeta. Este imperialismo se ejerce sobre todo a través de los medios de comunicación. Estos nos presentan generalmente el estilo de vida norteamericano  como el mejor del mundo.  Y en ese estilo de vida tiene un lugar preminente el consumismo, el estar a la última  en todo: en la marca de ropa que llevas, en el móvil que te compras, en  el coche que usas para ir a trabajar, etc. El mensaje es que si te quedas atrás en ese aspecto, estás perdido.
Cuando este mensaje de consumismo desenfrenado entra a través del televisor en un hogar de un barrio marginal, la frustración se irá poco a poco convirtiendo en rabia, y la rabia en deseo de conseguir a toda costa lo que otros se pueden permitir y yo no. 

En este contexto, el delincuente, el malo de la película, el que roba, asesina, estafa y viola sin ningún escrúpulo se convierte en un héroe, en un ejemplo a seguir.













Antes de terminar citaré un interesante trabajo de Rafael Ponce-Cordero, titulado Reguetón, narcocultura y bandidaje social en el filme puertorriqueño "Talento de Barrio", en el que comenta esta película protagonizada por Daddy Yankee:


"Los protagonistas de las ficciones del reguetón son muy a menudo guapos de barrio, vendedores de drogas y otros personajes relacionados con la delincuencia urbana, y quienes cantan sus proezas muestran una acusada predilección por la (narco)estética del gangsta rap. Es más, puede afirmarse que los principales artistas del género —Daddy Yankee, Julio Voltio, Don Chezina, Zion y Lennox, Lito y Polaco, Baby Rasta y Gringo, etcétera— cultivan casi todos, o han cultivado en algún momento de sus carreras, una imagen pandilleril. Son tipos duros, de barrio, de la calle, o al menos así se venden. Eddie Dee lleva con orgullo el sobrenombre de “El Terrorista de la Lírica”, MC Ceja se hace llamar “Mr. Conflicto”, y Tempo —quien pasó más de diez años en una prisión federal por tráfico de estupefacientes— tiene entre sus varios apodos el de “El Narco Hampón”. Don Omar y Tego Calderón comparten un tema titulado “Bandoleros”, en el cual se definen abiertamente como tales y hablan de sus (des)encuentros con la ley por cuestiones de drogas.

No pocos reguetoneros se jactan en canciones y entrevistas de sus vínculos con “el bajo mundo”, no dudan en posar con armas de fuego en sus vídeos musicales, e incluso han pasado alguna que otra temporada tras las rejas (Tempo, Nicky Jam y TNT son ejemplos claros). Después de todo, estos cantantes crecieron codo con codo junto a los traficantes de barrio y demás delincuentes habituales propios del submundo urbano. En Straight outta Puerto Rico, Don Chezina llega a afirmar que en los primeros tiempos del reguetón los productores y artistas del género aprovechaban la visita de clientes a los “puntos” de venta de drogas para venderles, también, sus casetes. Con el tiempo fue lógico que los narcos de poca o gran monta, que son a menudo los empresarios capitalistas más exitosos del caserío, se involucraran en el negocio musical."










"Es importante tener en cuenta el contexto social y económico del que surge la violencia de Talento de Barrio así como la aparentemente perversa identificación del público con pandilleros, narcotraficantes y otros personajes marginales. Tan lejos de Dios, y tan cerca de Estados Unidos, más de la mitad de los puertorriqueños viven hoy en tierras norteamericanas. La falta de oportunidades, las desigualdades socioeconómicas, la explotación laboral, el subempleo y el desempleo, la violencia policial y delincuencial, la represión estatal y el expolio (semi)colonial son, en la "Isla del Encanto", males endémicos, estructurales, que la expansión del capitalismo transnacional evidenciada en los últimos decenios no hizo sino agudizar."







                                              el Canario




















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